miércoles, 24 de septiembre de 2008

Medardo Rosso

Anochecer

Juan Muñoz

Permítaseme una imagen. La imagen de un momento inasequible. Atardece. Un hombre sentado, ligeramente reclinado sobre una mesa, escribiendo. A lo largo de las horas, la luz que entraba por la ventana ha ido cruzando la mesa hasta llegar al suelo, ha ido bajando por la pared hasta tocar el suelo. El cuarto amueblado se va quedando a oscuras y las palabras que escribe, una vez trazadas sobre el papel, le parecen ya remotas. La imagen sobre la que escribe es un rostro, tan sólo un rostro que observara la habitación a través de un visillo. No hombros, no brazos. En verdad, ni siquiera una mirada. Tan solo una ligera presión, hundida en la cera. Un rostro al acecho, intemporal, reclinado en lo oscuro. Los minutos pasan y la poca luz en la habitación se mezcla con la penumbra. La luz en el cuarto es pálida. El hombre escribe, y mientras escribe la mesa se va cubriendo de un gris invisible. El hombre se vuelve impaciente con el paso de los minutos y piensa que no le va a dar tiempo de terminar, antes de que la habitación, y con ella el papel, se vuelvan demasiado oscuros. De vez en cuando, al intentar releer el texto manuscrito, le parece que algunas palabras se han disuelto en el gris del papel, pero aún las puede entender. Siente que se extravía. A medida que avanza en la escritura y mira atrás, intuye que son más las frases incomprensibles que aquellas que puede descifrar. El hombre está dentro de sí mismo. Cuando sale para releer lo escrito le cuesta distinguir las formas sobre el papel. Palabras que evocan algo, un rostro, una sombra o bien una sombra, un rostro, que evocan una palabra. La tinta que dibuja frases se funde imperceptiblemente con el gris cada vez más oscuro del papel. El hombre mira hacia la ventana y trata de imaginar ese momento cuando la presión del pulgar forma un hoyo que también es un párpado. Cuando La comisura no se distingue de los labios y la frente no encuentra su límite En las cejas. Todo ocurre en el interior. El hombre escribe deprisa, creyendo que las mejores palabras son las que tienen los bordes gastados. Busca frases que tengan forma de lengua y que puedan describir la forma de un pómulo. Entre las formas y los grafismos cree reconocerán rostro que enseguida Se pierde. Por un momento se detiene e imagina que se encendiera la luz, tendría que descifrar el sentido de frases que escribió hace media hora y en su sucesión ha olvidado. Se extraña al observar en una de las cuartillas, donde lo que parecen una a y una i, se encuentran, una r y una e inclinada, porque no recuerda haber escrito la frase que rodea esa palabra y ahora en la penumbra no consigue distinguirla. Espera un instante y escribe dos frases casi idénticas. Sin apenas poder verlas, traza una línea sobre ambas. Se sonríe pensando en cómo le va ser posible escribir tan deprisa de algo tan callado. El hombre se reclina sobre la silla pensando en ese momento que ha durado mientras la luz era un puente y casi imperceptiblemente cruzando la habitación, se ha ido. El hombre mirando hacia la mesa se ha que dado dormido. Al rato, el hombre se despierta por el ruido de su hija y una amiga que juegan al otro lado del pasillo. Todo el cuarto está a oscuras. El hombre enciende la lámpara. Mira los folios del manuscrito sobre la mesa y piensa que debería escribir aquel texto que prometió sobre Medardo Rosso.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...